Buenas noches, lector (y si me ahorré el adjetivo, no te alfijas, simplemente hoy no tengo ganas de querer a nadie).
Hoy mi pequeña madre y su mareado, perdón, su marido, partieron con rumbo al otro lado del charco. Su destino final, el bellísimo estado de las naranjas y los balseritos (que no estoy tan seguro que esta segunda característica aparezca en ningún tiempo cercano en las placas automovilísiticas en lugar de sus bellas naranjitas), para culminar su vacación veraniega en el lugar más feliz de la tierra: Disney y sus 400 parques hermanos, que todos son la misma gata nomás que revolcada, pero a la paisanada (y a mucho güerito desabrido) les parece fenomenal.
Quiero darme el tiempo para agradecer a Walter Elias Disney (q.e.p.d., aunque algunos deseen apoyar la absurdamente grotesca teoría de que se encuentra congelado en una base militar subterránea de la Unión Americana), o a cualquiera que sea el responsable de la brillante, qué digo brillante...EXCELSA idea de situar toda la familia de Parques Temáticos Disney en la inigualable ciudad de Orlando, Florida. Sí, esta hermosa ciudad tiene muchísimas sorpresas para sus incautos visitantes.
Te levantas por la mañana, con toda la esperanza del mundo de pasarte las mejores vacaciones de tu vida, tus funciones neuronales están en plena actividad y tu corazón te dice que no hay nada que pueda salir mal, hasta aquí vamos bien.
Llegas al parque, sin importarte el excesivo costo de las entradas, ni la comida, ni los souvenirs, vamos, bien sabes que tu familia lo vale, se la están pasando increíble y contemplando la situación económica nacional bien sabes que podría ser la única ocasión en que ellos puedan pisar esas mágicas tierras. Entonces empieza el calvario...
Mientras te desplazas por el gigantesco parque empiezas a sentir un ligero chispoteo de agua sobre tu alopécica cabeza, "es normal, en Tampico también llueve...", dices para tus adentros, pero sabes que algo anda mal, y de repente cuando menos lo esperas te das cuenta que tu agente de viajes omitió el pequeño e irrelevante detalle de mencionarte que en esta ciudad se ahogó Noé, con todo y su barca llena de animales, y de repente eres tú el que se siente un animal al verte desprotegido e indefenso en medio de una lluvia torrencial y sin más resguardo que el paupérrimo pedacito de techo que sobresale 30cms. de un puesto de refrescos.
¿Tu ánimo está cambiando, cierto?, muy bien. Ya han pasado 45 minutos desde que la lluvia empezó a desmoronar tus sueños gota a gota, parece calmarse y todos vuelven a su estado de histeria colectiva natural. Pero tu familia y tú son realmente astutos, y para que la lluvia no los agarre de bajada una vez más, deciden comprar esos característicamente ridículos y sobrevaluados "ponchos" con la carota del Ratón Miguelito, ahora sí no hay nada que se interponga entre tú y el mágico mundo de Disney.
Los minutos empiezan a correr, tú y tu familia prosiguen en su comprensible trajín lleno de emociones y algarabías, pero, OH SORPRESA, comienzas a darte cuenta que tu agente de viajes (que para ese momento ya tienes ganas de estrangular, junto con toda tu familia por calentarte el coco de llevarlos a ese paseo de la mano de Virgilio) omitió también el ligerísimo detalle de comentarte que una vez que cesa la lluvia, el calor en esta ciudad es peor que trabajar de sol a sol en una fábrica taiwanesa de zapatos deportivos, pero qué va, tú eres porteño, "en Tampico también hace un calor de los mil demonios", piensas para tus adentros y prosigues en la odisea.
Llegas a la primer atracción que salta a los ojos de tus escuincles para darte cuenta que hay una fila inmensa como el atlántico y para acabarla percibes que el relojito marca que tendrás fácil acceso en dos horas, lo cual resulta poco importante, considerando que sobreviviste al diluvio y casi casi recorriste entero el Sahara (y en hora pico), así sigues tu camino esperando (ingenuamente) encontrar algún otro juego menos concurrido.
NO EXISTE TAL CONCEPTO, no sabría decirte de dónde sale tanta gente, tal vez y son como los gremlins y con tanta lluvia se reproducen, pero NINGÚN juego es accesible, por lo cual recurres al Fast Pass para liberarte de ese martirio y en relativamente poco tiempo y a reserva de ciertos juegos, logras subirte a una decente cantidad de atracciones.
Cae la noche, y entonces empiezas a notar que toda la gente empieza a aglutinarse frente al Castillo, ha llegado el momento de disfrutar del más cursi y meloso desfile de botargas y del vistosísimo espectáculo de fuegos pirotécnicos que le arranca una que otra lágrima a algún individuo maduro, simplemente perturbador.
En fin, el día ha concluído y estás agotado, pero victorioso de cualquier manera. Ha llegado el momento de relajar el cuerpo e ir a descansar al hotel, sin antes recordarte, lector querido (sí, ya me nació el amor otra vez) que este es sólo el primer día, bienvenido seas a las vacaciones del infierno, que disfrutes el resto de tus dos semanas.
Hoy me siento chistoso.
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