Mientras manejaba a través de la transitadísima y pobremente pavimentada Avenida Hidalgo, precisamente a la altura del innecesario y fastuosamente vistoso distribuidor vial paralelo a ese almacen mayorista de sajona procedencia, comencé a divagar. Las gotas de lluvia en el parabrisas de mi estudiantil sedán comenzaron a ejectuar la coreografía necesaria para hipnotizar a un hombre, ya sea para ponerlo en contacto con su interior, o simplemente para acrecentar la incidencia de accidentes automovilísticos, sinceramente no lo sé.
Me sentí atrapado en una fábula de Monterroso, al mirarme al espejo y no ver más que una simple sonrisa, una estúpida y nicotínica sonrisa. Hoy sinceramente querido lector, no tengo más qué decir que lo que ya he dicho, porque uno no sabe más de lo que debe, ni menos que lo necesario.
Mis palabras se las comió un silencio compartido, ese silencio que en breves lapsos nos hace pensar que aunque no sepamos lo que hacemos, es menester seguir adelante.
Shalom!
1 comentario:
y mira que lo que es menester, es menester.
según.
pero la lluvia es bastante agradable y creo que me seduce más la primera opcion que la de los accidentes.
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